
Es una conferencia que será dictada por el escritor, economista y periodista graduado en ciencias políticas, Roberto Marcalle Abreu.
Está programada para el sábado, 6 de octubre de 2012, a las cinco de la tarde en la Academia Dominicana de la Lengua, ubicada en Las Mercedes 204, de la Ciudad Colonial, de Santo Domingo.
La academia está dirigida por doctor Bruno Rosario Candelier, y la doctora Ofelia Berrido quien coordina la Tertulia Literaria: Letras de la Academia.
Las Tertulias Literarias: Letras de la Academia:
Esta tertulia es un espacio que propicia la reflexión, el debate de opinión y genera acuerdos sobre asuntos que tocan de forma importante no solo a los dominicanos, sino a los seres humanos en general.
Se discuten temas -sobre la lengua, la literatura y ciencias afines- que impactan a nuestra sociedad, y se procede a revisar y enfocarlas posibilidades alrededor de los mismos.
Para estas tertulias se cuenta con la colaboración y el apoyo de reconocidos intelectuales, artistas y científicos: hombres y mujeres abiertos al debate. Las presentaciones de estos invitados tienen un sabor de voz autorizada, es decir, de especialistas, lo cual será altamente valorado por los contertulios.
Se alternan los invitados con escritores miembros de la Academia, de otras instituciones y escritores independientes. Las reuniones brindan como beneficio a los escritores y al público en general la posibilidad de compartir con grandes figuras de la literatura -local e internacional- y de participar en magníficos debates entre miembros de diferentes escuelas y tendencias.
Por otro lado, la espiritualidad y la racionalidad siempre están presentes como representantes de la dualidad de la vida y forman parte importante del tiempo de estas reuniones.
La Academia Dominicana de la Lengua, sede de la tertulia, es un lugar de intercambio de conocimientos e ideas, donde se enseña, se aprende, y se comparte. Se despierta el interés y en ocasiones hasta se provoca el compromiso de la gente que allí acude con las más variadas motivaciones.
Finalmente, la tertulia literaria: Letras de la Academia coadyuva a que se aborde la cultura con entusiasmo, como algo sustancial que nos nutre y que nos permite además socializar con gente nueva e interesante mientras pasamos un momento provechoso y ameno. Porque… ¿qué existe más fructífero que el cultivo del alma y del intelecto?...
Hoja de vida de Roberto Marcalle Abreu
Nació en Santo Domingo un 30 de marzo. Se graduó de ciencias políticas Magna Cum Laude de la UTE después de estudiar Economía, Letras y Periodismo en la Universidad Autónoma de Santo Domingo.
Se desempeño como periodista de planta y redactor de trabajos en profundidad en el periódico El Nacional por cerca de 20 años.
Dirigió la edición de ese periódico en la ciudad de Nueva York por varios años. En el 1972 vio la luz su primer libro de historias Las dos muertes de José Inirio.
Ha publicado seis libros de cuentos y unas diez novelas. Ha obtenido dos veces el Premio Nacional de Novela, así como primeros premios en concursos de cuentos auspiciados por el Movimiento Cultural Universitario, la Sociedad Cultural Renovación de Puerto Plata y otros.
Ha escrito varios ensayos dos de los cuales, sobre Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez, fueron galardonados.
Un ensayo sobre la comunidad dominicana radicada en el exterior obtuvo niveles de venta calificados como "sin precedentes".
Se desempeño como periodista de planta y redactor de trabajos en profundidad en el periódico El Nacional por cerca de 20 años.
Dirigió la edición de ese periódico en la ciudad de Nueva York por varios años. En el 1972 vio la luz su primer libro de historias Las dos muertes de José Inirio.
Ha publicado seis libros de cuentos y unas diez novelas. Ha obtenido dos veces el Premio Nacional de Novela, así como primeros premios en concursos de cuentos auspiciados por el Movimiento Cultural Universitario, la Sociedad Cultural Renovación de Puerto Plata y otros.
Ha escrito varios ensayos dos de los cuales, sobre Joaquín Balaguer y José Francisco Peña Gómez, fueron galardonados.
Un ensayo sobre la comunidad dominicana radicada en el exterior obtuvo niveles de venta calificados como "sin precedentes".
Fragmentos de algunos capítulos de su reciente novela.
“La manipulación de los espejos”
3.- Buenaventura Terrero, periodista de profesión, director de la Unidad de Investigación de uno de los principales diarios del país, optó por no prestarle demasiada atención a lo que podía visualizar como indicios preocupantes de su entorno. El sueño le alcanzó muy tarde la noche anterior. Pese al agotamiento, a las dudas, a la irresolución, se sintió al final reconfortado porque un minúsculo haz de luz había resplandecido en el mar de confusión y dudas que eran sus reflexiones.
Decidió aprovechar las horas previas a un sueño desapacible, plagado de ideas e imágenes desconcertantes, para meditar sobre su vida. A veces le pasaba. En esta oportunidad sintió que se acercaba a tomar una decisión y esa certeza desencadenó un cierto entusiasmo en su interior. Otros caminos. Un derrotero diferente.
No imaginaba cuándo le haría saber al doctor Mejía de sus arduas reflexiones. El director del periódico en que trabajaba desde hacía años, Aníbal Mejía, no se iba a sentir complacido ni a gusto con lo que estaba en la necesidad y la obligación de decirle. Conocía de sus planes (que aún no le comunicaba, pero de los que con frecuencia le hablaba sin concretar detalles) y de su esperanza de que él, Buenaventura, alguna vez se encargara por completo de sus responsabilidades al frente del vespertino.
3.- Buenaventura Terrero, periodista de profesión, director de la Unidad de Investigación de uno de los principales diarios del país, optó por no prestarle demasiada atención a lo que podía visualizar como indicios preocupantes de su entorno. El sueño le alcanzó muy tarde la noche anterior. Pese al agotamiento, a las dudas, a la irresolución, se sintió al final reconfortado porque un minúsculo haz de luz había resplandecido en el mar de confusión y dudas que eran sus reflexiones.
Decidió aprovechar las horas previas a un sueño desapacible, plagado de ideas e imágenes desconcertantes, para meditar sobre su vida. A veces le pasaba. En esta oportunidad sintió que se acercaba a tomar una decisión y esa certeza desencadenó un cierto entusiasmo en su interior. Otros caminos. Un derrotero diferente.
No imaginaba cuándo le haría saber al doctor Mejía de sus arduas reflexiones. El director del periódico en que trabajaba desde hacía años, Aníbal Mejía, no se iba a sentir complacido ni a gusto con lo que estaba en la necesidad y la obligación de decirle. Conocía de sus planes (que aún no le comunicaba, pero de los que con frecuencia le hablaba sin concretar detalles) y de su esperanza de que él, Buenaventura, alguna vez se encargara por completo de sus responsabilidades al frente del vespertino.
Ahora bien: ¿Debía prestarle atención a las inquietudes que le habían sido expuestas por el doctor Mejía sobre sutiles amenazas que, era evidente, iban dirigidas en su contra y en contra del mismo doctor Mejía, así como de personas que ambos desconocían? Tenía sus dudas y en realidad seguía confundido sobre el tema. No obstante, nada le hacía pensar que aquellas llamadas podían representar un peligro inminente…
Miró por el espejo retrovisor: un auto verde oscuro, de probable manufactura estadounidense, le seguía a cierta distancia desde que abandonó el aparcamiento del edificio de apartamentos donde residía. Los vidrios tintados, la franja superior oscura en el cristal delantero, varios individuos de fisonomías protegidas por la escasa luz interior del vehículo. Tantas experiencias complicadas le habían hecho diestro en el manejo de situaciones irregulares o amenazantes.
Poco después el auto salió de su ángulo de visión. Otro vehículo de igual manufactura le había reemplazado. Éste era de color más claro. ¿Paranoia? La noche anterior, en ocasión de ir a la cocina por un poco de agua, se detuvo frente al balcón y notó la presencia de dos individuos que conversaban de manera distraída, pero sin dejar de observar con velado disimulo hacia las alturas del edificio.
Advirtió la duda de los desconocidos cuando tropezaron con él, mirándoles sin titubeos. Optaron por irse. Lo más probable es que volvieran o se quedaran a una distancia donde no podrían ser vistos. Se preguntó qué debía ser. De qué se trataba esa presencia. Se dijo que en realidad, y a estas alturas, era inconcebible, por no decir muy difícil, que se tratara de situaciones como las que habían ocurrido en el pasado, cuando la acechanza y el crimen eran prácticas consuetudinarias en la vida pública. Ahora los escenarios en que se desenvolvían su vida privada y su trabajo eran distintos.
Conductas de entonces (muchas, se dijo, no todas) habían pasado a un segundo plano o desaparecido. Se sentía más confiado. Los índices de seguridad, en general, eran significativamente mayores. Así lo reconocían instituciones internacionales que realizaban estudios y mediciones de incógnito. Eran trabajos estadísticamente desoladores en su conjunto. Las expectativas de prosperidad y paz del nuevo siglo se habían desvanecido. El crimen merodeaba en todas partes. El terror y la muerte no respetaban límites. La comunicación formal y la individual a través de los medios sociales estaban teñidas de sangre. El colapso económico lanzó a la deriva a estados alguna vez citados como paradigmas de convivencia. Todo cambió para mal. El país se encontraba en un sexto lugar en esa lista de horrores, una situación inconcebible por lo favorable, seguido por centenares de estados fracasados. Tras él, yacía la desolación y el desastre. Un mundo en el que la vida nada importaba y se liquidaba a la gente como moscas. Ese logro, en un país pequeño y cuyos índices eran funestos en otros tiempos, se consideraba algo inconcebible en las circunstancias que se vivían. En ocasiones muchas voces se elevaban para cuestionar el precio pagado en vidas humanas. Una contabilidad de sangre en una época tan compleja como difícil de armonizar.
Pero –y era su experiencia, la que orientaba su discurso mental– no todos los eventos resultaban en estos nuevos tiempos del todo transparentes. Encontraba en el desempeño de su trabajo como reportero Jefe investigador situaciones oscuras o por lo menos inmersas en un entorno de penumbras. Incluso, en los últimos años, hubo de dedicar numerosos esfuerzos a la indagación de hechos de sangre inexplicables, latrocinios y conductas equívocas cuya dilucidación por parte de los organismos competentes, nunca lo dejó satisfecho del todo.
Llegó a preguntarse en esos momentos si tales sucesos no anunciaban el resquebrajamiento sutil de la nueva era, una situación que podría interpretarse como señal de agotamiento y que situaciones insospechadas que eran lo común y generalizado en otros tiempos, estaban asomando con creciente vigor su monstruosa faz. La nueva era el nombre con el que se había bautizado el esfuerzo de modernizar las instituciones.
¿Acaso –se cuestionó– no serían esos merodeadores una evidencia de que esas viejas y sinuosas prácticas estaban cobrando nueva vida, emergiendo? ¿Y que sus oficiantes estaban prestos a abandonar los sarcófagos sellados y efectuaban escaramuzas en los camposantos con la peligrosa pretensión, nueva vez, de retornar de la oscuridad e imponer sus tétricos dominios?
Y si a esta eventualidad se sumaba el anuncio del hombre que había manejado con mano férrea el tránsito hacia un estado de cosas más tolerable (existía un consenso muy amplio en este sentido), el doctor Ulises María González, de que cedería el poder en los próximos dos años, con el argumento de que su misión estaba debidamente encaminada y de que resultaba imposible “un retorno al pasado”, entonces quizás existían motivos para cierto nerviosismo.
Pero tales asuntos –se dijo– no debían ser, ya, parte de sus preocupaciones. Serían las generaciones en ascenso las responsables de asumir los nuevos retos. De desbrozar los caminos. Él, quien ya bordeaba los cincuenta años, se lo repitió como siempre se lo repetía, se sentía cansado. Humildemente –se dijo– había cumplido con su misión, con la parte que le correspondía. Se merecía un descanso. De todas maneras, llamaría al coronel (¿Lo seguía siendo?) Agustín Montero, un viejo amigo bastante ducho en asuntos de inteligencia y mejor relacionado. Él podría aconsejarle, advertirle, informarle.
A veces le enviaba un correo o le dejaba un mensaje. Siempre parco, enigmático. Nunca se expresaba con certidumbre. Exponía su parecer en circunloquios y acertijos que pocas veces descifraba. “Estás en el camino correcto”, le escribía. “Es un tema muy sensible”, decía también. En los últimos tiempos, hacía uso de una frase a considerar: “Ten cuidado”. De hecho, imaginaba que eran reacciones a trabajos suyos o la exploración de temas que en algún momento desarrollaba la Unidad de Investigaciones del periódico.
De repente, se sintió abandonado por un asunto más bien banal, aunque quizás no tan banal. Observó las calles, intensamente pobladas de árboles. Aceras ampliadas, para facilitar el desenvolvimiento a los transeúntes. Limpias. Calles asfaltadas y señalizadas sin basura ni desperdicios. Las luces cambiantes de semáforos, conductores que de manera natural acogían su silencioso orden. La gente se encaminaba a sus lugares y era evidente que lo hacían sin esa tensión alocada y homicida de otros tiempos. Muy pocos apurados rebasaban, pero no de manera temeraria. La temeridad había desaparecido de las calles. Fue desterrada a sangre y fuego.
Por eso, le pareció extraño que el vehículo que parecía estar tras sus pasos –de color claro, ya lo había apreciado, también de manufactura norteamericana y de vidrios tintados– de repente pareció acercarse. Venía a alta velocidad y frenó de golpe. Vio que dos de las ventanas acristaladas se abrían, descubrió pasmado el metal reluciente de las armas y agresivos rostros cubiertos con pañuelos negros, el estrépito y el fuego, los impactos, áreas de su cuerpo que ardían, sangre que brotaba como un río, los cristales que se deshacían en trozos minúsculos, y el golpe de su auto contra un poste metálico de luz que lo detuvo, con una explosión ensordecedora, mientras los agresores se perdían en un tránsito que resultó paralizado en su sorpresa y desconcierto.
5.- El señor Manfredo Pemberton miró hacia la brumosa ciudad que se ofrecía a sus ojos. El panorama, gradualmente, se había transformado de una manera sorprendente, inverosímil… Era como si pertenecieran a un pasado muy distante los cúmulos de basura apestosa en todas partes, las aceras destruidas, las calles abandonadas, el escándalo, los vehículos ruidosos.
El plan de Reestructuración total, en las áreas urbanas, que era a su vez parte del programa general del nuevo orden, mostraba, no sin orgullo, sus logros: edificios de apartamentos de ocho niveles que sustituyeron la aglomeración promiscua de edificaciones anárquicas y en total deterioro que envenenaban los barrios de la ciudad.
Aceras de mayor dimensión, para facilitar la circulación de los transeúntes, vías más amplias gracias al espacio ganado con la construcción vertical, servicios concentrados y por esa razón más eficientes, ahorro de agua y energía, reciclaje de los desperdicios, utilización sistemática de soluciones ecológicas, paneles solares.
Su vista abarcaba un ámbito que se fue revelando ante los ojos de todos y que revocaron antiguos parámetros de suciedad, desorden, impotencia, disgusto, delincuencia, así como de sórdidos e influyentes intereses que bloqueaban cualquier iniciativa: edificios en trébol de colores apacibles, arborización masiva, áreas de recreo, aparcamientos, acceso sin obstáculos al verde de la flora y el azul del cielo, proximidad de los centros de estudio, fácil acceso a los transportes, sectorización de las áreas comerciales.
El señor Pemberton sintió que una ráfaga de emoción lo embargaba: él había sido parte de aquel proyecto; del escogido grupo de agresivos soñadores que se plantearon cambiar radicalmente las cosas. Claro, el sufrimiento y la incertidumbre habían sido brutales, devastadores. Fue necesario emplearse a fondo, apelar a cuantos recursos estuvieran disponibles, involucrar a vastos sectores de la población, anegada por años de frustración, de fracasos sucesivos e ininterrumpidos, de derrotas humillantes, a integrarse en un solo frente de cara a los intentos de desestabilización.
Miró hacia atrás. En el tiempo. La situación era abismalmente distinta. Distinta al lúgubre pasado cada vez más lejano. Y, no obstante, era absurdo creer que asomos de incertidumbre, abandono y anarquía iban a desaparecer sin dejar sus oscuras secuelas.
Mery, una de las enfermeras que le atendía –una señora pasada de libras y cuya sonrisa no desaparecía nunca de su rostro–, le preguntó si le interrumpía en su meditación.
–No, está bien.
– ¿Quiere que le prepare un café, un bocadillo, algo de comer?
–Mejor un refresco –dijo.
Prefirió quedarse en el balcón. Reposaba en una de las mecedoras de caoba. En verano, los días eran más luminosos. Quizás, debido a la disposición de las edificaciones y la arborización masiva, la preservación y cuido de los bosques y los ríos, no se sentía ese calor envolvente e incómodo tradicional en agosto.
A su derecha, y en una mesilla más larga que ancha y en cuyo centro destacaba un jarrón de cristal con margaritas blancas y arbustos de montecasino, contempló los últimos folder con informaciones de distinta naturaleza que le eran remitidos regularmente por la Seguridad Nacional cuando no le eran comunicados de manera directa por su correo electrónico o a través del Ipad. El señor Pemberton era miembro del Círculo de Consulta Permanente, una entidad integrada por cerca de tres mil miembros que tenían en común compromisos históricos con la nueva era.
En su generalidad eran personas de edad adulta a las que se exponían y consultaban de forma periódica temas que estaban a su vez en discusión en la cúpula de las diferentes áreas del equipo dirigente.
Sus integrantes tenían acceso a datos que no eran del conocimiento general, pero que tocaban aspectos sensibles y preocupantes del quehacer nacional y sus resultados. En el caso hipotético de que un miembro del Círculo quisiera ahondar en su conocimiento sobre tópicos específicos, lo que resultaba frecuente, debía seguir un trámite establecido que pasaba por los filtros de la Seguridad Nacional. Sus opiniones eran tomadas muy en cuenta, discutidas y hasta sometidas a votación cuando se transformaban en mociones. A veces, se producía el efecto contrario: un grupo de área les solicitaba su presencia para discutir aspectos de una determinada propuesta. A eso se denominaba democracia vertical.
El señor Pemberton, pese a su aparente calma, se sentía preocupado. Él podía comprender los vericuetos turbios del pasado. Situaciones que dejaron horrendas cicatrices en el cuerpo social. No soslayaba nunca el hecho ni la importancia de la sangre derramada. De no haber actuado con aquella dureza intransigente, sobrevivir como propósito fundamental, como designio de ideas y reivindicaciones superiores, no hubiera sido posible.
Procedieron, lo sabía, en un contexto de brutalidad, lidiando con adversarios que no tenían reparos. Tuvieron que empeñarse a fondo para no ser aplastados primero en la confrontación interior y después en los conciertos internacionales. No se dejaron desmoralizar por la vocinglería estrepitosa de activistas y maniobreros que llegaron a demandar con insistencia una intervención militar ejemplificadora para ponerles freno a estos carniceros que, a su juicio, constituían una vergüenza para la humanidad.
El acoso económico y las amenazas de ocupación, los forzaron a mantenerse en estado de vigilia y emergencia por un tiempo prolongado, a armarse de manera sistemática, a transformar misiones diplomáticas en estructuras no sólo de relaciones públicas y cabildeos, sino de eventuales ejecutorias de programas de protección y agresión preventivos, un capítulo de actividades secretas cuyos detalles jamás trascenderían. Como el que se dio en llamar planes de contingencia…
El señor Pemberton respiró hondo. Con alivio. Como si reviviera aquellos días funestos: gracias a Dios que no pasó, se dijo. Casualidades, coincidencias, el diseño divino; así se lo explicaron muchos. No fue nuestro caso, apuntó: nosotros sabíamos. Y esperábamos. No deseaba ocupar su mente con esos temas, pero no podía evitarlo. Sí, volvió a repetirse, aquellos planes de contingencia que llegaron a discutirse. Y a prepararse. ¡Oh, Dios! El sacrificio hubiera sido brutal. Cientos de miles los muertos. Ese era el precio a pagar. El que todos pagarían. Ellos. Y el enemigo.
Entonces, pensó, el esquema democrático representativo cayó de bruces en el Norte. El terrorismo, la crisis económica y la paranoia degeneraron en un estado cuasi militar en países de democracias tradicionales. Era previsible. Los síntomas resultaban más que evidentes, aunque un mundo cegado por los conflictos era incapaz de preverlo: el Acta Patriota; la sospecha como motivo previo a la denegación de derechos; los detenidos de Guantánamo; la sistematización de la tortura en los territorios ocupados en el Medio Oriente y en territorio continental; la burda manipulación de los estados de alerta; los brutales e irracionales controles migratorios, las extremas medidas de seguridad.
Las nuevas realidades arrastraron a los países de la eurozona provocando cambios brutales en sus legislaciones: la paz relativa y el orden público colocaron al borde del abismo libertades públicas y derechos ciudadanos. El caos en el Sur americano, a consecuencia de la instauración de dictaduras de izquierda y derecha. Reaparición de las guerrillas y las narco guerrillas tanto en las áreas urbanas como en los campos.
Esta situación apocalíptica resultó en una bendición, en un respiro, se dijo Pemberton. Las urgencias universales cambiaron de escenario. El olvido o la ignorancia consciente se combinaron y precipitaron sobre los antiguos afanes contra un país pequeño y los imperativos geopolíticos de experimentación y ensayo. Era una tregua sin límites claros, no había tiempo qué perder. Era preciso recuperar la iniciativa. Los proyectos del nuevo orden fueron retomados y relanzados. Diplomáticos y técnicos empezaron a tocar puertas para elaborar alternativas de provecho común: una actitud de coherencia en un mundo disociado y al borde del colapso definitivo. Con timidez –y hasta rechazo– al principio. Con agresividad y progresiva aceptación después. Emergieron de las cenizas.
Ahora, tras algunos años de estabilidad relativa, se anunciaba que el ideólogo fundamental y ejecutor de esas medidas salvadoras se distanciaría del proceso en contados meses.
No sabía si los sentimientos e ideas que se enfrentaban en su espíritu poseían una base real. Desconocía si sus juicios eran consecuencia de una fría evaluación o, por el contrario, estaban saturados de temores, emociones y urgencias. Sólo que, en su opinión, esa decisión suprema que no respaldaba ni podía respaldar estaba determinando cambios sutiles que se reflejaban en aquellos documentos casi íntimos.
Mery lo alcanzó con una bandeja que contenía una jarra de jugo de naranja y un vaso y que depositó en la mesilla del centro.
– ¿Quiere quedarse solo o le hago compañía?
–Está bien –dijo, procurando resultar atento, –pero todavía debo leer y opinar sobre esta correspondencia. No me hace bien distraerme…
Mery lo dejó solo en el balcón y se perdió en las habitaciones interiores.
Mientras disfrutaba de su refresco se preguntó si, aún despacio y de manera imperceptible, aún en algunas áreas de sombras, el país podía regresar a ese pasado que él sentía remoto, aunque a veces no tanto. Recordó que, en las declaraciones dadas sobre su salida, el doctor Ulises María González expresó que “los peligros, al nivel en que se registraron en otras épocas, ya no estaban presentes”, y que “no existía la posibilidad de un retorno al pasado”.
¿En qué fundamentaría aquel hombre sus palabras? No se sentía del todo convencido. ¿Sería producto del cansancio, de las tantas luchas libradas que ahora, entre las discusiones del equipo dirigente, se exponían ideas tales como “flexibilizar aún más los controles bancarios”, que se calificaban como “muy rígidos” para bloquear la inserción de dineros turbios; auspiciar e incrementar “inversiones externas en sectores estratégicos de la economía para disminuir prácticas monopólicas y sus deficiencias debido a la carencia de una saludable competencia por parte del Estado”, como también “estimular una mayor privatización en el área de los servicios públicos”, “indultar decenas de ex funcionarios y personalidades con habilidades en el ámbito de los negocios” y ex militares juzgados y condenados principalmente por prevaricación y asesinatos “debido a que muchos de ellos sólo obedecían órdenes superiores”, “conceder mayores libertades a la práctica general de la actividad política”, “mayor acercamiento con Haití”, así como permitir “la contratación para obras diversas” de varios miles de ciudadanos de ese país, “disminuir la presencia del Estado en lo relativo a la fijación de precios”, “reducir en más de un cincuenta por ciento el número de miembros del ejército, la policía y los servicios de inteligencia”, “eliminar los preceptos sobre verosimilitud total en el manejo de las informaciones públicas”, “reducir a su mínima expresión los controles sobre Internet”, “conceder libertad completa a los compositores de ritmos populares”, “abolir la pena de muerte para determinados crímenes y delitos”. ¿Qué podía significar todo esto, sino el principio del fin?
Entonces, ¿para esta nueva e indefinida permisividad se había derramado abundante sangre y se había incurrido en sacrificios extremos? Algo absurdo, se dijo con evidente disgusto. Su irritabilidad se reflejó en una mueca de impaciencia que le agrió el rostro. Lo contempló en el reflejo de la puerta acristalada que accedía al balcón. El reflejo… pensó, entonces, en su última pesadilla o lo que fuera, en aquella persecución pavorosa, el ámbito de crueldad, destrucción y oscuridad, el tropel de seres monstruosos que le perseguían y hostigaban y que desaforados demandaban su vida, su sangre. ¿Una premonición? se cuestionó.
–Si la situación es como se vislumbra, no dudo que en muy poco tiempo retornaremos al pasado. Será peor que todas mis pesadillas. En esos momentos su estado emocional era de absoluto desconsuelo–.
13.- El café lo hizo reaccionar, como siempre. Pero no se sentía bien. Fuera, el aguacero agredía almendros, palmeras, caobas y acacias que toleraban inmutables, apenas con un imperceptible vaivén y quién sabe si con una callada alegría, las ráfagas inmisericordes. La temperatura interior descendía mientras el señor Pemberton miraba a través de las ventanas panorámicas golpeadas sin piedad por gotas de agua. La luminosidad de la mañana había decaído de manera absoluta y el rumor del clima impetuoso servía de fondo al ámbito sosegado, tranquilo. Corrientes de brisa húmeda pugnaban por penetrar los intersticios de las ventanas y las puertas. Una silenciosa lucha de silbidos apagados y conmociones.
Entonces, el señor Pemberton sintió como una luz que desbordara sus cavilaciones. Los días negros, se dijo. Los años de la gran oscuridad, aquellos entonces horriblemente memorables que todos procuraban olvidar. Llamó a Mery. Se presentó presurosa. Su cara regordeta era agradable.
–Necesito que me hagas un favor, mujer.
–Dígame.
–En la habitación de mi sobrina, Matilde, hay un estante de libros que cubre toda una pared. En la parte de abajo hay cuatro gavetas.
–Sé cuáles son.
–Bien. En esas gavetas hay muchos periódicos viejos que están organizados por meses, y años, encuadernados. Son diez, quince volúmenes. ¿Me harías el favor de buscarlos y traérmelos?
–Claro, don Manfredo. Pero…–Mery pareció dudar– usted sabe que esos periódicos han acumulado mucho polvo. Ese tipo de polvo que no se va aunque uno lo sacuda porque procede de las mismas páginas, del mismo papel. Si usted se pone a repasarlos, es probable que termine estornudando. Podría enfermarse, acuérdese que usted no sale de una gripe. ¿No se disgustaría si le pongo una mascarita, verdad?
El señor Pemberton hizo un gesto de disgusto.
–Está bien –contestó.
– ¿Se los traigo todos o uno a uno?
–Como usted quiera.
–Los voy a sacudir un poco, con un paño húmedo, casi seco, primero. Usted me espera.
Minutos después, colocó tres volúmenes diferentes sobre la mesa del balcón. Estaban encuadernados con un cartón grueso rojo vino.
–Dos de la mañana y uno de la tarde. Diferentes fechas. Aquí está su máscara.
Ayudó a Pemberton a colocarse el artificio sobre la nariz y la boca.
–Los años de la oscuridad, ciertamente –se repitió.
Abrió uno de los gruesos volúmenes. La primera página, en esos días, contenía una noticia principal y varias secundarias de acuerdo con la opinión del director y su Jefe de redacción. Utilizaban el criterio de qué resultaría de mayor impacto para el público. Gracias al uso de letras muy reducidas, era dable publicar, casi embutir, toda una información, dos o tres a lo más, en dicha página. De las otras noticias apenas si era posible consignar unos cuantos párrafos con el consabido “sigue en la página tal”.
La época. Quince años atrás. Pese a que no era tanto el tiempo y el hecho insoslayable de haber estado inmerso en aquellas realidades, de haber sido una víctima, incluso, aunque una víctima que terminó por ocupar su lugar a la hora de resistir, al señor Manfredo Pemberton, en este presente en el que comenzaban a aflorar las dudas y la incertidumbre por eventos que despertaban su suspicacia, le costaba un esfuerzo inhumano entender cómo se desarrollaba la vida en esos entonces. O, por lo menos, cómo se soportaba.
Esos medios eran un registro crudo, irreverente, de la historia. Desde sus páginas amarillas y polvorientas, desde sus fotos desvaídas y borrosas, sus autores u organizadores se dirigían al lector con los labios torcidos y un gesto de sapiencia y complicidad compartida. Titulares, noticias, entrevistas, editoriales, artículos de opinión, colisionaban en los diversos escenarios para darle vida a una escandalosa comedia en la que los actores se reían desaforadamente del público y no al revés.
Pese a la distancia, el señor Pemberton podía escuchar el eco reiterativo de aquellas carcajadas inmisericordes, de aquella sonora e impúdica algazara.
–Dios mío –exclamó.
Y no sólo eso. Imaginó a los comensales aguardando por unos manjares que nunca llegaban mientras, en el entorno, merodeaba un servicio obsequioso y sonriente que no hacía nada ni comunicaba nada. En cierto momento, el escenario parecía cambiar, el Jefe de los mozos penetraba al gran salón por una puerta y muy solemne daba de comer al perro su abundante ración de todos los días frente a los otros invitados al festín que soportaban agobiados el hambre, la sed y la incertidumbre.
Pemberton cerró los ojos. Contempló en el tiempo parejas que se miraban desconcertadas en medio del salón de baile. Sin aviso previo les ordenaron desalojar el lugar. Apagaron las luces y quitaron la música. Política. ¿A eso llamaban actividad política? ¿A eso llamaban de manera rimbombante y sonora el ejercicio “del pueblo y para el pueblo”? ¿Y a esa sucesión descarada de usurpadores, maniobreros, cínicos, aprovechadores y saqueadores de oficio, calificaban como presidentes, ministros, empresarios, legisladores, síndicos, gerentes, diplomáticos? ¿Eran estos dispensadores de los haberes ajenos, los garantes y guardianes del sentir ciudadano, los depositarios de la soberanía, los orientadores hacia un porvenir de desafíos enormes, de programas y planteamientos y eventuales soluciones a males tradicionales en un mundo convulso y despiadado? Ahí estaban los vistosos encabezados, los titulares, las declaraciones, las poses, los comunicados oficiales, las confrontaciones de “programas” a ejecutar “en caso de resultar favorecido por la voluntad libérrima del pueblo”….
El señor Pemberton movió la cabeza en un gesto de negación. ¡Qué asco! se dijo. Hizo una mueca de desdén y amargura. Miró hacia el pasado distante y recordó aquella vez infausta en que le llamaron de una distribuidora de electricidad foránea contratada a cuerpo de rey por las autoridades vigentes para resolver el tradicional problema del déficit eléctrico. No, tal déficit no existía ni contaba: el único problema eran los consumidores. A ellos debía sacarse del alma y las costillas los montos en dinero que sutilmente se esfumaban en las áreas administrativas. Le acusaron de “robarse” el servicio. Y le forzaron a pagar una suma que para sus magros recursos era imposible.
Recordó, en otra ocasión, aquella bruja burocrática que le informó de un “atraso brutal” en los pagos de su apartamento tras computarizar un sistema que arrojó incumplimientos y atrasos inclementes y montos a pagar en perjuicio directo de los “mutualistas” y en claro y obsceno beneficio de entidades bancarias desprovistas de todo sentido de humanidad y decencia.
Ahora se encontraba otra vez con aquel registro que se plasmaba en palabras y gráficas, en las consignas y gestos de los escogidos para dirigir la nación. Sólo que, en la distancia, era imposible establecer si se trataba con claridad de una burla siniestra o una fórmula secreta para insensibilizar a las personas y hacerlas partícipes de ese sainete de tan mal gusto.
Recordó los debates interminables de primera página sobre los mismos problemas irresueltos y similares soluciones nunca implementadas o implementadas a elevados costos sin resultados palpables. Contempló la aparente formalidad oficial de sus incontables demandas de préstamos para proyectos de desarrollo y hacerle frente supuestamente al flagelo de la pobreza, cuya existencia representaba una ofensa contra Dios. Vislumbró las ceremonias de las inauguraciones de obras inútiles o de limitado alcance, pero eso sí, de presupuestos indecorosos.
Siguió paso a paso los “cambios” periódicos o excepcionales de mandos en las esferas militares, policiales, de la administración pública, en función de los montos de rendimiento (en dinero para beneficiar a determinadas figuras) del personal seleccionado. Alcanzó a detectar el privilegio editorial incesante de los temas e intereses que sutilmente reflejaban el verdadero perfil, la auténtica interioridad de las almas y “conciencias” de los escogidos y que los medios consignaban a todo lujo y con una frivolidad descarnada y perversa en sus fotos full color y papel satinado de eventos sociales, fiestas, desfiles de modas, apertura de novísimas tiendas de renombre internacional, sus fabulosos centros comerciales, las competencias de golf, los soberbios destinos turísticos en el extranjero, sus telenovelas rosa y de mafiosos de última hora, la presencia en conciertos de multitudes (sus multitudes) de luminarias artísticas universales, los espacios inefables dedicados a la farándula, los deportes, los peloteros expelidos de los abismos sociales y ahora, gracias al gran milagro de la libre empresa, exhibiéndose al mando de sus carrozas Ferrari de colores y formas alucinantes.
El señor Pemberton se sintió exhausto. Abatido por una sensación creciente de temor y desasosiego que se acentuaba en relación directa con los eventos y situaciones que transitaban por sus ojos, eventos en definitiva muy remotos pero que él, de todas maneras, sentía vivos, lacerantes, cercanos. Entonces, se tropezó con la crónica roja. Esta clase de noticia, observó en perspectiva, desde distantes rincones y páginas secundarias, asaltó los lugares más relevantes de los medios. ¿Alarma? ¿Morbosidad?
El atentado contra el periodista Buenaventura Terrero le vino a la mente y entonces se sintió más turbado que nunca.
15.- El señor Manfredo Pemberton abrió los ojos: estaba sentado sobre una piedra en el Monumento a los Héroes de Santiago. De haber permanecido con los ojos cerrados, hubiera imaginado la grada gris que circundaba la estructura de mármol blanco al que las trinitarias rojas y amarillas robaban cada vez más los espacios. Desde la altura que dominaba hubiera contemplado lo que él sabía era un jardín de perfumadas hileras de margaritas blancas y amarillas en toda la falda de verdes gramas. En la distancia –recordó– podía descubrir árboles vigorosos que descendían en un orden perfecto desde lo alto hasta grandes aceras y entonces su mirada tropezaba con suntuosos paseos y una ciudad de magníficas edificaciones que se prolongaban hacia la gris neblina que se enseñoreaba a lo lejos.
No era ése el horizonte que ahora contemplaba. La obra estaba quebrada sobre sí misma. La estructura superior en forma de gran contrafuerte que parecía perseguir al cielo había sido barrida y toda la edificación estaba perforada por huecos irregulares y rajaduras. Su arquitectura clásica, los deslumbrantes ventanales, el mármol que revestía sus paredes, ahora ennegrecido y sucio, habían colapsado. El paseo de asfalto que una vez lo rodeaba se había convertido en un trillo fangoso y sombrío. Los bancos arropados por verdes arbustos donde conversaban los visitantes y se besaban los enamorados estaban devastados. Ya no quedaban margaritas ni trinitarias: zanjas enormes cubrían lo que fueron jardines y los árboles habían sido arrancados de raíz.
La misma destrucción agobiaba lo que una vez fueron hermosas y multicolores obras, edificios y parques que la vista podía apreciar en la distancia. Las plazas comerciales, las salas de cine, el parque Eduardo León en Villa Progreso, el de la Plaza Valerio, el parque Colón y el centro histórico eran ruinas humeantes. Como si la ira de la naturaleza hubiera asolado de manera despiadada cuanto una vez existió para orgullo de sus habitantes. Techos colapsados y desperdicios cubrían el panorama. En el horizonte se perfilaban humaredas que se perdían en lo alto elaborando erráticas figuras. El cielo gris, rojo y apocalíptico parecía turbado y poseído por presencias antediluvianas que se integraban y deshacían en el vasto panorama de muerte y destrucción.
Grietas abismales fragmentaban la ciudad. De sus profundidades emergían desesperadas voces de dolor, súplica y desamparo. Ráfagas de una ventolera hostil se desplazaban furiosas, vapuleando y golpeando al señor Pemberton, hasta hacerle perder el equilibrio. A su lado vio entonces a chiquillas que no lo parecían, y sus risas chillonas le arañaban los oídos.
Sí, eran adolescentes impúberes. Niñas que amparaban su desnudez con harapos sucios y viejos. Un rojo fuego, casi ominoso, les embarraba labios y mejillas. Sus párpados eran negros o de un violeta ofensivo. No lo miraban: lo escrutaban. Con actitudes lascivas, insinuantes y vagamente peligrosas. Hacían muecas incomprensibles con sus caras distorsionadas, con sus lenguas enormes, que trasponían y deslizaban sobre los labios como si fueran salvajes adefesios mitológicos. Lenguas oscuras plagadas de llagas blancas y rojas, abiertas y vivas. ¿Cuál era su intención? Se aproximaban.
El señor Manfredo Pemberton sintió miedo ante esas presencias, fantasmas rancios cuya peste le atacó sin misericordia. Su fetidez depravada y brutal a carne vieja y podrida. Reparó en sus manos crispadas que se extendían malignamente hacia su rostro. Debía huir, distanciarse de aquellos seres malditos. Sólo que el vigor le había abandonado y no podía ni ponerse en pie.
Además, ¿adónde encontraría refugio? El horizonte era ante sus ojos un páramo de angustia y devastación. ¿Con cuántos monstruos tropezaría en su inhóspito caminar? La esperanza estaba muerta. Dios abjuró de su creación y decidió ausentarse. Ya no volvería. Quizás era el momento de entregarse y dejar de luchar.
Con dificultad abrió los ojos. Seguía lloviendo. Volvió el rostro y vio a Mery sentada en la sala mirando la televisión. Se recostó del espaldar y suspiró. Mery, al parecer, lo escuchó porque se le acercó de inmediato.
–Señor Pemberton –dijo– ¿cómo se siente?
No iba a responder, pero entendió que no era lo correcto. Demasiado atenta era ella.
–Como cansado.
–Le preparé una sopa. Usted sabe, esta lluvia, el día. Estaba esperando que despertara. ¿Quiere que se la sirva?
–Quizás más tarde.
–Coma algo ahora. Se sentirá mejor. Se la voy a servir en el comedor. ¿Sí?
Su silencio era como un asentimiento. La vio alejarse. Le apenaba la tranquila sencillez de aquella mujer tan tolerante. Él era imposible.
–Creo que un día de estos ya no voy a despertar –se confesó a sí mismo, en voz muy baja, para evitar que Mery lo escuchara y fuera a pensar que estaba delirando. Sentía un gran pesar, como el de un enfermo aquejado por una enfermedad incurable. –Creo que voy a morir. Y mi alma se quedará deambulando para siempre en la oscuridad. La oscuridad de las cosas para las que no existen respuestas.

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