Vatican Media.- En el marco de los Juegos Olímpicos Invernales que se celebran estos días en Milán y Cortina d’Ampezzo, el Papa León XIV publicó una extensa carta sobre el valor del deporte titulada “La vida en abundancia”.
Al inicio de la misiva, el Santo Padre describe el deporte como una actividad común y abierta a todos, “saludable para el cuerpo y para el espíritu, hasta el grado de constituir una expresión universal de lo humano”.
A continuación, presenta el deporte como un medio para alcanzar la paz y evoca la Tregua Olímpica de la antigua Grecia, “un acuerdo destinado a suspender las hostilidades antes, durante y después de los Juegos Olímpicos”.
Al contrario de los valores que promueve el deporte, como la cohesión comunitaria y el bien común, el Papa León XIV advierte que la guerra “nace de la radicalización del desacuerdo y del rechazo de cooperar unos con los otros”. “El adversario es entonces considerado como un enemigo mortal, a quien hay que aislar y, si es posible, eliminar”, lamenta el Pontífice.
En este contexto, propone que se realice una Tregua Olímpica durante los próximos Juegos Olímpicos y Paralímpicos de Invierno, exhortando a todas las naciones a redescubrir y respetar “este instrumento de esperanza”.
El Santo Padre pone de relieve el valor formativo del deporte, subrayando que la persona “debe permanecer siempre en el centro”. Además, realiza un recorrido a lo largo de la historia, destacando la tradición paulina, gracias a la cual muchos autores cristianos utilizaron imágenes atléticas como metáforas para describir las dinámicas de la vida espiritual.
“Hasta hoy, nos hace reflexionar sobre la profunda unidad entre las diferentes dimensiones del ser humano”, destaca. Asimismo, menciona el desarrollo de una cultura en la que el cuerpo, unido al espíritu, está plenamente implicado en las prácticas religiosas, como las peregrinaciones y las procesiones.
También destaca el valor formativo del deporte, gracias al aporte de figuras como Hugo de San Víctor y Santo Tomás de Aquino.
Respecto al deporte como “escuela de vida”, cita también a grandes educadores como San Felipe Neri y San Juan Bosco, así como la encíclica Rerum novarum de León XIII, “que estimuló el surgimiento de numerosas asociaciones deportivas católicas, respondiendo así, en el plano pastoral, a las cambiantes exigencias de la vida moderna”.
Por su parte, el Pontífice destaca que los primeros Juegos Olímpicos de 1896 “propusieron una visión del deporte centrada en la dignidad de la persona humana, en su desarrollo integral, en su educación y en su relación con los demás, evidenciando su valor universal como instrumento de promoción de valores tales como la fraternidad, la solidaridad y la paz”.
El Concilio Vaticano II —afirma a continuación— “expresó su valoración positiva del deporte en el ámbito más amplio de la cultura”. También recuerda los Jubileos del Deporte promovidos por san Juan Pablo II.
“Gracias a la lectura de los signos de los tiempos —añade— ha crecido, por tanto, la conciencia eclesial de la importancia de la práctica deportiva”.
El Papa León XIV, apasionado del tenis, menciona también este deporte en su carta. Precisa que el tenis consiste en “un intercambio prolongado”, en el que cada jugador “empuja al otro hasta el límite de su propio nivel de habilidad. La experiencia es estimulante y ambos jugadores se incitan mutuamente a mejorar”.
Asimismo, precisa que el deportista a menudo concentra por completo su atención en lo que está haciendo, y afirma que, en los deportes de equipo no contaminados por el culto al lucro, los jóvenes “se ponen en juego” en relación con algo que para ellos es mucho más importante, lo que concibe como “una oportunidad educativa formidable”.
Para el Santo Padre, los entrenadores desempeñan un papel fundamental en la creación de entornos donde estas dinámicas puedan vivirse. Cuando un entrenador “está animado por valores espirituales y humanos, y un joven forma parte de un equipo así, aprende algo esencial sobre lo que significa ser humano y crecer”.
Además, subraya que el deporte debería ser accesible a todas las personas que deseen practicarlo, y lamenta que, en algunas sociedades, a las jóvenes y a las mujeres todavía no se les permite practicar deportes.
El Santo Padre se detiene a continuación en los riesgos que ponen en peligro los valores deportivos, ligados especialmente a diferentes formas de corrupción vinculadas a la economía y las finanzas.
Por ello, el Papa advierte que los problemas aparecen cuando el negocio se convierte en la motivación principal o exclusiva: “Cuando se busca maximizar las ganancias, se sobrevalora lo que puede ser medido o cuantificado, en detrimento de dimensiones humanas de importancia incalculable”.
Cuando el interés económico, especialmente entre los atletas profesionales, se convierte en el objetivo principal, “corren el riesgo de concentrarse en sí mismos y en el rendimiento, debilitando la dimensión comunitaria del juego y traicionando su dimensión social y cívica”, subraya.
También hace referencia a la “dictadura del rendimiento”, que puede inducir al uso de sustancias dopantes y a otras formas de fraude, y “puede llevar a los jugadores de deportes de equipo a centrarse en su propio beneficio económico más que en la lealtad hacia su disciplina”.
En este sentido, el Papa afirma que el rechazo del dopaje y de toda forma de corrupción “es una cuestión no sólo disciplinar, sino que afecta al corazón mismo del deporte”.
También posa su mirada en los espectadores que pertenecen a un equipo u otro, y advierte sobre la afición convertida en fanatismo: “Puede resultar problemático cuando se transforma en un modo de polarización que conduce a la violencia verbal y física”.
“Aquí el deporte no une, sino que divide; no educa, sino que deseduca, porque reduce la identidad personal a una pertenencia ciega y opositora”, remarca.
A continuación, destaca el significado educativo del deporte, que “se revela de manera particular en la relación entre victoria y derrota”. Además, indica que perder “no coincide con el fracaso de la persona, sino que puede convertirse en una escuela de verdad y de humildad”.
“El deporte educa de ese modo a una comprensión más profunda de la vida, en la que el éxito nunca es definitivo y la caída nunca tiene la última palabra”, asegura.
“No es extraño, además, que el deporte sea revestido de una función casi religiosa. Los estadios se perciben como catedrales laicas, los partidos son liturgias colectivas, los atletas como figuras salvíficas. Esta sacralización revela una auténtica necesidad de sentido y de comunión, pero corre el riesgo de vaciar tanto el deporte como la dimensión espiritual de la existencia”, indica el Pontífice.
Alerta a su vez sobre el peligro del narcisismo y el culto a la propia imagen, que “amenaza con fragmentar a la persona, separando el cuerpo de la mente y del espíritu”.
El Santo Padre subraya que es necesario "redescubrir las figuras que hayan unido pasión deportiva, sensibilidad social y santidad”. En este contexto, cita a San Pier Giorgio Frassati, joven turinés apasionado del alpinismo “que unía perfectamente fe, oración, compromiso social y deporte”.
También pide evitar la instrumentalización política de las competiciones deportivas internacionales: “Las grandes manifestaciones deportivas deberían ser lugares de encuentro y de admiración recíproca, no escenarios para la afirmación de intereses políticos o ideológicos”.
Asimismo, señala que las tecnologías aplicadas al rendimiento “amenazan con introducir una separación artificial entre cuerpo y mente, transformando al atleta en un producto optimizado, controlado, potenciado más allá de los límites naturales”.
“Recuperar el valor auténtico del deporte significa, entonces, restituir su dimensión encarnada, educativa y relacional, para que siga siendo una escuela de humanidad y no un mero dispositivo de consumo”, señala.
El Santo Padre afirma que es necesario que las Iglesias particulares “reconozcan el deporte como espacio de discernimiento y acompañamiento, que merece un compromiso de orientación humano y espiritual”
Por ello, señala que “poner en práctica el deporte como herramienta comunitaria abierta e inclusiva es otra tarea decisiva”.
También indica que la vida espiritual “ofrece a los deportistas una visión que va más allá del rendimiento y del resultado. Introduce el sentido del ejercicio como práctica que forma la interioridad. Ayuda a dar sentido al esfuerzo, a vivir la derrota sin desesperación y el éxito sin presunción, transformando el entrenamiento en disciplina de lo humano”.
Por último, explica que “no se trata de una acumulación de éxitos o logros, sino de una plenitud de vida que integra el cuerpo, las relaciones y la interioridad”.
“Así, el deporte puede llegar a ser verdaderamente una escuela de vida, en la que se aprende que la abundancia no nace de la victoria a cualquier precio, sino del compartir, del respeto y de la alegría de caminar juntos”, concluye.
ACI Prensa

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