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Antes los ricos no lucían así

Si pasas suficiente tiempo cerca de los muy ricos hoy en día, queda claro. La gente no solía verse así porque nadie puede verse así de forma natural.

En marzo, en un desfile de la Semana de la Moda de París para la marca de lujo Matières Fécales, las modelos caricaturizaron al 1 por ciento luciendo prótesis que parecían rostros postoperados, con ojeras grotescas, piel estirada en las sienes y labios con un aspecto artificialmente inflado y cosidos por los bordes. South Park representó a Kristi Noem con una cara tan llena de bótox que se derrite y se deforma. Desde la Gala del Met a los Oscar y todas las alfombras rojas intermedias, estos rostros ricos están por todas partes.

Una “cara rica” se estira tensa, a menudo incapaz de expresiones variadas e hinchada con relleno o grasa injertada de la propia persona. Antaño, este rostro pertenecía a una clase de élite malvada en las representaciones de ciencia ficción de un futuro distópico. En Los juegos del hambre, los habitantes de la capital, que se deleitan con el lujo y los excesos a expensas de otros barrios empobrecidos, suelen llevar rostros esculpidos y alterados. En Doctor Who, una acaudalada mujer de la alta sociedad de un futuro lejano se ha sometido a tantos estiramientos faciales que se ha convertido en poco más que una cara estirada sobre una fina lámina de piel montada en un armazón, mantenida con crema hidratante constante.

Los ultrarricos parecen cada vez menos preocupados por ocultar sus excesos. Son más ricos que nunca, y figuras como Lauren Sánchez Bezos y el presidente Donald Trump les dan permiso para alardear de sus botines propios de una nueva Era Dorada. Al fin y al cabo, el atractivo tácito de los procedimientos cosméticos es que no se trata solo de tener un aspecto “mejor” o de “arreglar” algo o de intentar seguir siendo competitivo en entornos laborales en los que se discrimina por la edad. Se trata de permitirse un tipo particular de autocuidado basado en la experiencia, infinitamente personalizable y accesible solo a un grupo selecto. Significa riqueza extrema y pertenencia a una élite todopoderosa que se rige por un conjunto diferente de normas y reglas sociales.

Antes, la ostentación de estatus se asociaba a vestidos de cóctel de 18.000 dólares o del bolso de diseño de 50.000 dólares. Ahora, el reducido número de clientes VIP, que representan el 40 por ciento de las ventas de lujo, parece estar destinando una mayor parte de su preciado dinero a sus rostros. Los tratamientos estéticos que se comercializan hoy en día incluyen la “microoptimización facial global”, que abarca numerosos procedimientos para modificar desde la inclinación de los ojos hasta la forma en que la luz se refleja en la mandíbula, y cuyo costo oscila entre 150.000 y 300.000 dólares. También existen tratamientos como el lifting facial “Por siempre 35”, el “Diamante mini” y estiramientos faciales “de fin de semana”. Los cirujanos plásticos de Washington se enfrentan a un aumento de las solicitudes de “cara al estilo Mar-a-Lago”.

Las masas quieren participar. Los milénials que dicen que no pueden permitirse una casa en su lugar gastan en su cara. Revistas como Vogue y Allure ya no se limitan a aconsejar a sus lectores sobre los colores del esmalte de uñas y las sandalias de diseño para la primavera, sino que también les aconsejan cuándo —y no si— deben hacerse un lifting facial. Las rinoplastias, los estiramientos faciales y las blefaroplastias (operaciones de párpados) fueron los tres procedimientos faciales más populares de 2025, y el número de procedimientos faciales en general aumentó alrededor de un 19 por ciento. El sector del lujo, por su parte, se contrajo un 2 por ciento el año pasado.

Parece que la moda de diseño se percibe con más desagrado que los procedimientos cosméticos, un sentimiento que la periodista Sujata Assomull denomina el “asco del lujo”. Muchas marcas de diseño han subido mucho los precios en los últimos años, aproximadamente el doble que la inflación, sin ninguna mejora aparente de la calidad. (Un bolso con solapa de Chanel puede costar ahora más de 11.000 dólares, casi el doble que en 2016). Y algunas se han visto envueltas en escándalos de explotación laboral. La venta de muestras de The Row en Nueva York inspiró una serie de videos paródicos virales. El floreciente mercado de artículos de segunda mano, imitaciones y falsificaciones empaña todo el glamour. Y cuando marcas como Celine y Chloé reeditan antiguos diseños de bolsos, ¿para qué molestarse en comprar algo nuevo?

Por Amy Odell

The New York Times en Google 

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